April Rabkin publica en Slate.com una nota sobre su visita en China en mayor del año pasado a la reunión de un grupo de antiguos estudiantes maoístas de la escuela Yutian Primera, en la provincia del mismo nombre a unos 100 km de Beijing.
La reunión marcó 46 años del inicio de la llamada Revolución Cultural, la orgía de violencia sectaria que sacudió a China en la década del 60.
Mao usó a los tristemente célebres Guardas Rojos — huestes de activistas de las juventudes comunistas — en contra de sus enemigos, movilizándolos en torno a una filosofía radical basada en la violencia y la paranoia.
El resultado fue el caos. La producción en las fábricas se detuvo. Escuelas cerraron. Granjas se detuvieron en seco. Gente fue torturada y conducida al suicidio en “sesiones de lucha” públicas. Los Guardias Rojos eran la infantería de Mao, adolescentes y estudiantes universitarios, con el poder de imponer castigos. El número de muertos superó 1 millón, aunque la cifra exacta es imposible de saber. Se decía que el enemigo eran “los Cuatro Viejos”: las viejas costumbres, la cultura, los hábitos y las ideas. Pero el verdadero objetivo de Mao era purgar cualquier individuo o valores que amenazaban su continuidad en el gobierno.
En las calles de ciudades como Chongqing, dice, tuvieron lugar intensos duelos de artillería entre las diversas facciones de las escuelas secundarias.
Señala que este cataclismo vino poco después del Gran Salto Adelante, periodo de industrialización forzada durante el cual unas 410,000 personas murieron de hambre,
Los Guardas Rojos eran una élite maoísta. “Donde ellos iban recibían alojamiento y se les alimentada más de lo que podían comer”. Mao los animaba a que se recorriera en país en ferrocarril con boletos y comidas gratis.. Pocos de ellos han viajado tanto desde entonces, indica.
La lucha exigía encontrar y perseguir enemigos, para lo cual debían de cumplirse “cuotas”.
Con frecuencia, explica, “A las víctimas se les escogía a causa de rencores, envidias y disputas personales. El sistema de cuotas sacó a relucir la sed de sangre, la paranoia y los instintos grupales más brutales. En la Revolución Cultural, los Guardias Rojos recibían listas de domicilios que debía saquear, pero también tenían que llenar cuotas de “contrarrevolucionarios” entre ellos mismos”.
Cuarenta y seis años después, escribe April Rabkin en Slate, los veteranos de estas lides viven cierta añoranza por aquellos días — en parte puede ser porque fue su juventud. Incluso algunas de las víctimas ven la época como parte de la historia de su país, sin la cual China no sería lo que es en la actualidad.
Y hasta el momento, criticar a Mao sigue siendo tabú.
