
Rukmini Kallimachi detalla en un extenso artículo en el New York Times, las brutales torturas físicas y psicológicas que sufrieron los rehenes del llamado Estado Islámico durante meses antes las ejecuciones que horrorizaron al mundo, y las menos divulgadas liberaciones de aquellos por quienes se pagó rescate.
Dice que algunos de los prisioneros se habían convertido al Islam, unos intentando salvar sus vidas y otros porque en realidad encontraron en el Quram la religión verdadera.
Explica que desde el momento en que fueron capturados, los rehenes cambiaron de manos en varias ocasiones, siendo vendidos y canjeados por diversos grupos hasta que cayeron en manos de los militantes que eventualmente se llamarían Estado Islámico.
En un momento hubo 23 hombres en una celda de 20 metros cuadrados, señala.
También tenían en otra celda a una mujer de nacionalidad inglesa.
Los secuestradores investigaron a sus rehenes en Google y las redes sociales para ver si tenían antecedentes militares o relaciones con la inteligencia de EUA.
Igualmente, se comunicaron con los familiares de los rehenes por canales secretos buscando una solución monetaria.
EUA y Gran Bretaña se negaron a pagar rescates, mientras que España, Francia y Holanda lo hicieron y sus ciudadanos han sido liberados.
Las torturas variaron según el grupo que los tuviera: En un caso el tratamiento había mejorado hasta el punto que pensaron que pronto serían liberados.
Luego vinieron las torturas. A uno lo colgaron por días del techo, dice la nota en el Times.
Un video muestra cómo alinearon a los rehenes franceses en sus uniformes de colores brillantes, similares a los que usan los presos en las instalaciones de EUA en la Bahía de Guantánamo, Cuba.
También comenzaron hacerles la tortura llamada el “submarino” a un grupo selecto, igual que interrogadores de la CIA habían tratado a los prisioneros musulmanes en los llamados sitios negros durante la administración de George W. Bush, ex rehenes y testigos.
Apunta que el ataque de EUA posiciones del Estado Islámico selló la suerte de James Foley, el primero en ser degollado.