downloadComo un toro en una tienda de porcelanas, “Ajuste de cuentas” el recién públicado libro de nuestro querido amigo Harold Alvarado Tenorio sacude los cánones de la poesía colombiana. Por lo que dice. Y, también, por cómo lo dice. (Aquí puede pedirlo). Orlando Mejía Rivera* publica esta magnífica reseña que compartimos con los lectores de El Molino Online.

“Tú de verdad escribes sobre literatura
de la única manera que le resulta interesante a todo el mundo,
salvo a los académicos,
como una ocupación real semejante a la banca o a follar,
con todas sus servidumbres de egoísmo,
aburrimiento, excitación y terror”.

Carta de W.H. Auden al gran crítico Cyril Connolly

Existen nombres que terminan representando cualidades, defectos o tendencias colectivas. En literatura aluden a ideologías, sentimientos o estéticas. Lo “proustiano” o “kafkiano” o “macondiano” son ya adjetivos enciclopédicos. Sin embargo, otros nombres son sinónimos de amores u odios. En Colombia el nombre de “Vargas Vila” significó para los políticos e intelectuales de la hegemonía conservadora y católica lo “demoníaco, monstruoso, impío, bellaco”, etcétera. Pero, ahora, en estos tiempos de las “costumbres civilizadas” cuando nuestros escritores e intelectuales son, en una proporción escandalosa, muñequitos ególatras, lacayos agradecidos, limosneros indignos, estrellitas de farándula, cobardes aduladores y lagartos de la fama otorgada por los analfabetas que nos gobiernan, es saludable que existan personajes como Alvarado Tenorio Alvarado Tenorio.

Especial Para ElMolinoonline.com
Harold Alvarado Tenorio

Por supuesto, cuando digo “Alvarado Tenorio” me refiero al nombre que congrega una legión de “yoes” contradictorios: el exquisito poeta, el terrible borracho, el lúcido crítico, el chismoso cruel, el erudito asombroso, el paranoico peligroso, el moralista confuciano,  el  sibarita  alucinado,  el  certero  panfletario  incendiario,  el  parodiador  de clásicos, el gigantesco guerrero con cara adusta de legionario medieval, el niño solitario y triste al que abandonó su amigo imaginario que ha deambulado por calles y literaturas durante más de cincuenta años, con el verbo y la pluma que ha derrumbado tantos ídolos vacuos, así como ha cultivado, a veces, la injusticia contra algunos que no lo merecían.

Sin embargo, el autor de Ajuste de cuentas. La poesía colombiana del siglo XX (Editorial Agatha, Palma de Mallorca, 2014) ha escrito un libro deslumbrante y voluminoso (660 páginas) que, desde ya, será un referente indispensable en la verdadera historia de la cultura colombiana. Su prologuista, el indomable Antonio Caballero, que afirma “ser uno de los muy pocos amigos que le quedan en la vida a Alvarado Tenorio Alvarado Tenorio, poeta desaforado y paranoico, crítico errático y contradictorio y paranoico, persona habitada por muchos demonios“, ha sido un tanto injusto con su autor, tal vez huyendo de las complacencias  del  elogio  y  dándole  a  Tenorio  cucharadas  de  su  propio  medicina “sulfurosa”, al decir “que este libro es muy divertido, a su malévola manera. Descuidado, irregular: párrafos espléndidos alternan con otros de prosa desaliñada. Enredado, caótico, escrito como por erupciones venenosas de palabras y de imágenes, y que casi en cada página cede a la tentación de dar absurdas explicaciones ideológicas a los caprichos del autor. Salpicado de obsesivas y repetitivas y fatigantes enumeraciones de nombres de las personas que el autor aborrece, que son todas, y de incursiones no muy felices en el género de la economía política“.

En realidad, buena parte de este libro contiene “párrafos espléndidos” o, por lo menos, bien escritos, y la contextualización de los poetas, en su momento histórico, son casi siempre afortunadas y, en ocasiones, novedosas. Estamos, a mi modo de ver, ante uno de los libros de crítica literaria poética más importantes de los últimos cien años en Colombia, al lado de los ensayos de Gutiérrez Girardot y de algunos fragmentos de Andrés Holguín y Juan Gustavo Cobo Borda. La clave orientadora de esta antología se encuentra en el siguiente párrafo, cuando al criticar la burocracia de la Casa Silva dice: “Todas esas enormes sumas fueron dilapidadas en eventos espectaculares como las suntuosas ediciones de la llamada Historia de la poesía colombiana donde se ha ignorado, como en los tiempos de Stalin y a conveniencia de los directores de la Casa, los poetas incómodos u odiados”.

Ajuste de cuentas es, entre otras cosas, la respuesta heterodoxa y alternativa al canon oficial de la poesía nacional del libro publicado por la Casa Silva. Sin embargo, Alvarado Tenorio no comete el error de “ignorar” los poetas que “detesta”, sino que los incluye, a pesar de sí mismo,  y  aunque  da cuenta  de  sus  mezquindades,  también  sabe reconocer su obra cuando la estética lo convence. Los poetas escogidos por Alvarado Tenorio alcanzan la  cifra  de  cincuenta:  los  Modernistas  Julio  Flórez,  José  Asunción  Silva,  Guillermo Valencia, Luis Carlos López, Porfirio Barba Jacob, Claudio de Alas, Miguel Rasch Isla; los Nuevos como León de Greiff, Luis Tejada, Luis Vidales, Jorge Zalamea, Aurelio Arturo; los Piedracielistas Carlos Martín, Arturo Camacho Ramírez, Helcías Martán Góngora, Antonio Llanos, Eduardo Carranza; los poetas agrupados alrededor de la revista Mito: Álvaro Mutis, Fernando Charry Lara, Olga Chams Eljach, Jorge Gaitán Durán, Fernando Arbeláez, Gabriel García Márquez, Eduardo Cote Lamus; los Nadaístas Gonzalo Arango, Jaime Jaramillo Escobar, Mario Rivero, Amilkar-U, Juan Manuel Roca, Vidal Echavarría; el grupo de la Generación desencantada: Alberto Rodríguez Cifuentes, Armando Orozco Tovar, José Manuel Arango, Giovanni Quessep, Elkin Restrepo, Ignacio Escobar Urdaneta de Brigard (personaje de ficción de la novela Sin Remedio de Antonio Caballero), Raúl Gómez Jattin, María Mercedes Carranza, Juan Gustavo Cobo Borda. Por último, menciona a los poetas de la época de “La república del narcotráfico” (de los ochenta del siglo XX hasta la actualidad): Piedad Bonnett, Eduardo García Aguilar, Hernán Vargas Carreño, John Better Armella, Jorge García Usta, Rómulo Bustos Aguirre, Miguel Iriarte Díaz-Granados y los recientes Mauricio Contreras Hernández, Fernando Molano Vargas, Antonio Silvera Arenas y el poeta de Riosucio Edgar Trejos.

Es posible que sobren varios, pero no falta ninguno. Como refiere, con evidente ironía, Caballero: “Y bastantes se quedan por fuera: el engolado José Umaña Bernal de los años treinta, el laborioso Andrés Holguín de los cincuenta, el pomposo William Ospina de los noventa, el ilusionado Fernando Denis de después del año dos mil”. Claro está que algunos de los nombrados y citados están ahí para ser desmitificados por Alvarado Tenorio: Eduardo Carranza, Álvaro Mutis, Gonzalo Arango, Mario Rivero, Juan Manuel Roca, Piedad Bonnett, Rómulo Bustos  Aguirre y  Miguel Iriarte Díaz-Granados. Por  ejemplo, de  la  obra de  Gonzalo Arango dice: “Una obra que ha envejecido prodigiosamente, demostrando cómo era de pobre su prosodia y su sintaxis y su vocabulario. Casi todo suena a discurso de culebrero y en materia de ideas todo raya en la más absoluta ausencia. Quedan algunos reportajes y algunas cartas como piezas de arqueología“. En general ataca sin piedad al movimiento piedracielista y a los nadaístas (con dos grandes excepciones: Amílcar y Jaramillo Escobar) a los que considera politiqueros, farsantes y nefastos para la poética colombiana.

No  obstante,  la  lucidez  de  su  crítica  se  encuentra  en  la  valoración  de  las  obras fundamentales de la poesía nacional, que me recuerda la reflexión de Cyril Conelly en Enemigos de la promesa: “la tarea más ardua de la crítica moderna es descubrir quiénes fueron los verdaderos innovadores”. De ahí su afortunada lista de las, para él, obras esenciales y renovadoras: Ritos (1914) de Guillermo Valencia, las Crónicas (1924, en prosa) de Luis Tejada, Tergiversaciones (1925) de León de Greiff, Si mañana despierto (1961) de Jorge Gaitán Durán, Morada al sur (1963) de Aurelio Arturo y Poemas de la ofensa (1968) de Jaime Jaramillo Escobar. A este último lo considera el más grande poeta colombiano de todos los tiempos, aunque también le brinda generosos comentarios a otros poetas como Amílcar Osorio, José Manuel Arango, Giovanni Quessep, Elkin Restrepo, Gómez Jattin, Mauricio Contreras Hernández (1960), Fernando Molano Vargas (1961), Antonio Silvera Arenas (1965) y  Edgar Trejos (1969). Con estos últimos, jóvenes y poco conocidos, demuestra generosidad e intuición, y se lamenta de la muerte temprana de Molano (gran novelista también) y de Trejos.

Es decir, Alvarado Tenorio cumple otra función del buen crítico: descubrir talentos no consagrados, arriesgarse a incluir voces en desarrollo. Incluso, se atreve a pronosticar que “Silvera es un merecido sucesor de Silva”. Veamos un ejemplo que cita. Un fragmento del poema Residencias Luis XV, sin aviso a la calle de Contreras: “Hoy amanecí degollado./ Un tajo limpio,/ una irónica sonrisa de oreja a oreja,/ adornaba mi garganta./ Era de ver mi lengua  colgando  como  corbata/  y  las  de  mis  vecinos  babeando  sobre  la  alfombra/ queriendo meterse en mi cuarto./ La empleada del servicio recoge sábanas/ y cientos de colillas de cigarros/ mientras me aconseja comportarme como un buen muerto/ y no dar esos espectáculos./ Mi ocasional amante chilla/ que todo no es más que un pretexto para no pagarle./ Y mi madre,/ ya la escucho,/ reprochando la desfachatez/ de andar por ahí sin tan siquiera una bufanda./ Claro que si tuviera una bufanda roja/ me colgaría de la viga más alta/ y escribiría un poema titulado el ahorcado del Café Bonaparte“.

Aunque Ajuste de cuentas debería ser reeditado en Colombia y estar a disposición de todos los lectores, estoy seguro que a Alvarado Tenorio le pasará lo que le sucedió a Vargas Vila en su época. Las  editoriales comerciales bogotanas lo  vetarán, porque para nuestros caricaturescos editores lo “políticamente correcto” es sinónimo de “congraciarse y humillarse ante el poder”. Son estos editores, que inventan genios y bautizan a politiqueros de poetas, los que se han encargado de construir un canon de mediocres y lameculos que fungen de pensadores e intelectuales. Por eso, solo cuando Alvarado Tenorio esté muerto y ya no genere tanto miedo su lúcida lengua viperina, esta obra tendrá los lectores que merece y se descubrirá uno de los escasos libros colombianos contemporáneos donde la crítica es autónoma y contundente.

La fascinación de Alvarado Tenorio por los poetas más irreverentes y malditos de nuestra literatura es el reconocimiento de su pertenencia a esa especie de “hijos de Saturno, Baco y Lesbos”, como el “mariguano” Barba Jacob o el “alucinado” de Gómez Jattin. Por eso, sus enemigos, que lo odian y le temen (casi siempre con razón), podrían desear para él, lo mismo que Alvarado cita de Octavio Gamboa hablando de Antonio Llanos: “A cambio de la cicuta, nuestra sociedad le ofreció su equivalente moderno: el electrochoque”. Solo así Alvarado Tenorio se volvería dócil, afable y melifluo, como esos seudo intelectuales que ronronean y lamen como perritos de lujo las manos de los poderosos; esos “poetas” que escriben “odas” a sus “amos” mientras saborean las sobras que les arrojan los Señores de la guerra y de la corrupción; esa misma ralea de intelectuales colombianos cuya estirpe ya había identificado el filósofo Fernando González hace décadas: “En Colombia, si un intelectual molesta mucho, lo mejor es conseguirle un empleo, bien o mal remunerado, y con eso basta”.

Alvarado Tenorio ha sido todo lo contrario: un “kamikaze” consigo mismo, un anarquista furibundo que no es cierto que sea de izquierdas ni de derechas; un moralista confuciano que escupe y muerde a los poderosos y es generoso y sutil con los débiles. Eso, claro está, envuelto en su ropaje de malevo borgiano, terco, malgeniado y paranoico. Sin embargo, para la auténtica salud de la cultura colombiana, su existencia y la de su libro Ajuste de cuentas son una bocanada de aire fresco en medio de tanto farsante y de libracos best sellers como los de un “genio” actual que escribe y opina de “todo”, con la “bonitura” que aman las lectoras de Cromos y la superficial “curiosidad” de los colegiales que encuentran que su erudición está a la altura de los saberes dispersos de Wikipedia y él les sirve, también, para hacer las tareas de la escuela.

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*Orlando Mejía Rivera [Bogotá, 1961] Profesor Titular de la Universidad de Caldas, narrador, médico internista y filósofo ha recibido los premios Nacional de Novela del Ministerio de Cultura (1998) y Nacional de Ensayo Ciudad de Bogotá (1999). Algunos de sus libros son Antropología de la muerte (1987), Poesía y conocimiento (1997), La muerte y sus símbolos (1999), Heinz Goll: Das vagabundieren des Kunstlers (2001), El Asunto García y otros cuentos (2006), El enfermo de Abisinia (2007) y La biblioteca del dragón (2012).

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