cien-anos-de-soledad-edicion1Cuando se cumplieron 40 años de la primera publicación de “Cien años de soledad”, la novela cumbre de Gabriel García Márquez, quien falleció este jueves 17 de abril en Ciudad de México, el periodista de BBC Mundo Max Seitz habló con el primer editor de la obra, el argentino Francisco “Paco” Porrúa*. Publicado en BBC.

Porrúa le dio detalles de cómo se gestó el fenómeno del relato que, con el tiempo, se consagraría como una obra maestra de la literatura hispanoamericana y universal.

La edición original, realizada en Buenos Aires por Sudamericana en 1967, constaba de 8 mil ejemplares, que se agotaron rápidamente. Desde entonces el libro se ha traducido a 39 idiomas y ha vendido 40 millones de ejemplares.

Porrúa, amigo de García Márquez, le dijo a BBC Mundo que la publicación ya estaba decidida con la lectura de la primera línea, aunque en aquel entonces no previó que el libro, estandarte del boom latinoamericano, se convertiría en el fenómeno que es hoy.

“Simplemente comprendí que se trataba de una obra excepcional”.

¿Cómo es que llegó “Cien años de soledad” a la editorial Sudamericana y a sus manos?

La obra llegó por azar en parte, pero también porque las obras de García Márquez me las pasó un amigo de entonces, Luis Hars, un nicaragüense-chileno que estaba escribiendo un libro sobre el llamado boom latinoamericano.

Él tenía las obras de García Márquez, yo no las conocía. Leí los tres libros, “La hojarasca”, “Los funerales de la mamá grande” y “El coronel no tiene quien le escriba”, y me pareció un escritor extraordinario. Descubrí ahí que realmente valía la pena editarlo en Argentina, donde era un desconocido.

Y le escribí una carta proponiéndole la reedición de esas obras en Buenos Aires. Él me contestó que las había publicado Ediciones Era y que él no podía cedérmelos en ese momento pero que, en cambio, estaba terminando una novela que podía interesarme.

Por supuesto yo le contesté enseguida que sí me interesaba que me mandara el libro. Me lo envió y leí las primeras páginas de “Cien años de soledad” comprobando que todo lo que yo había pensado sobre García Márquez era cierto.

Concretamente, ¿qué le llamó la atención de la obra?

Parte del clima de “Cien años de soledad” está en “El coronel…” y en “La hojarasca”. Entonces el ambiente del libro era para mí de algún modo ya conocido.

Mi idea en ese momento fue que se trataba de un maravilloso ejemplo de lo que antes se llamaba la crónica. No pensé en lo mágico. El término “realismo mágico” me sigue pareciendo un poco contradictorio.

Pensé que era más bien lo que en la literatura se llama metáfora; no simplemente una metáfora de una línea, sino que hay escenas enteras en el libro que son metafóricas. Es una prosa poética muy viva y fuerte.

Imaginé que “Cien años de soledad” iba a atraer inmediatamente a todos los lectores como me habían atraído a mí las obras anteriores de García Márquez.

¿Cuánto tardó en leer los originales?

Un día, aproximadamente. De todos modos, no se trataba de llegar al final para saber si la novela se podía publicar. La publicación ya estaba decidida con la primera línea, con el primer párrafo.

Simplemente comprendí lo que cualquier editor sensato hubiera comprendido en mi lugar: que se trataba de una obra excepcional.

¿Realmente pensó que “Cien años de soledad” se iba a convertir en el fenómeno que es hoy, con traducciones a tantos idiomas y con tantas reediciones?

No, no pensé en eso. Como editor no es necesario pensar en el futuro lejano. Pero el interés que iba a despertar el libro en Buenos Aires, eso sí lo vi y lo sentí, porque Buenos Aires estaba en ese momento en un período curioso, raro.

Había un gobierno autoritario y al mismo tiempo gente que vivía por su cuenta; por ejemplo, había una gran pintura en ese momento, se hacían debates sobre la nueva poesía…

Es decir, había muchos elementos en Buenos Aires que la hacían una de las verdaderas metrópolis del mundo, junto a Río, Nueva York.

Me pareció que era el ambiente más adecuado, como luego lo confirmé. En 1967 Buenos Aires era la única ciudad en la que podía haberse producido ese fenómeno.

¿Cómo llegó a considerar con tanta estima “Cien años de soledad” en un momento en el que había tanta buena literatura latinoamericana alrededor?

La literatura latinoamericana que estaba emergiendo estaba ganando lectores. El público estaba leyendo, no a los autores del boom, sino a escritores anteriores como Onetti, Rulfo y Marechal. Él sobreviene el boom con los autores más jóvenes.

Lo que se produjo entonces fue una especie de toma de conciencia de una identidad literaria. En Latinoamérica se consideraba que éramos una especie de dependencia de Europa y que los modelos literarios estimables provenían de allí.

Eso cambió de pronto, junto con el premio Formentor que se dio a [Samuel] Beckett y a [Jorge Luis] Borges y otros fenómenos parecidos. La gente empezó a considerar que teníamos una literatura acá, una literatura propiamente latinoamericana.

¿Le hizo a García Márquez sugerencias o correcciones para mejorar “Cien años de soledad”?

No, ninguna. Generalmente, yo como editor trataba de evitar las sugerencias, salvo en una charla informal en la que podía decir algo de la obra. Pero no. Sentí que ese libro tal como estaba escrito era la obra literaria que mucha gente estimaría durante muchos años.

Se trata, ante todo, de ser sensible a la lectura. Aunque uno tenga gustos literarios diferentes, si uno siente amor por la literatura reconoce inmediatamente el valor de un libro. Un solo párrafo a veces ilumina toda la obra y basta para comprender que se trata de algo diferente.

Tampoco le hice ninguna corrección. No era mi estilo ni me parecía que tuviera yo que hacerlas. Por otra parte, en mi primera lectura nunca vi la necesidad de cambiar algo, como tampoco me había ocurrido con los libros anteriores de García Márquez.

¿Cómo vivió la transformación de “Cien años de soledad” en una obra maestra de la literatura latinoamericana? ¿Se siente partícipe de ese éxito?

Partícipe, por supuesto, por ser quien editó el libro. Pero para mí la figura del editor siempre ha sido bastante secundaria. Está cerca de ser un “Don Nadie” que simplemente conecta al autor con el público.

En esos días yo simplemente estaba feliz de ver que García Márquez se daba cuenta de que se convertía en lo que había sido siempre: un gran escritor.

Repito: el editor hizo poco. Lo que transformó en ese momento el panorama de lo que era la novela latinoamericana fue el libro mismo, “Cien años de soledad”. Todo está alrededor de eso, del objeto, de la obra.

¿Y qué sintió cuando García Márquez obtuvo el premio Nobel en 1982?

Sentí simplemente lo que siento cada vez que un escritor amigo recibe un premio importante. Sentí alegría por él, personal; después una confirmación europea, digamos, de lo que todos sabíamos en América Latina.

¿Cómo ha sido su relación personal con él?

Al respecto yo diría dos cosas, que parecen no conformarse una con otra. Siento que somos muy amigos, pero nos vemos poco. Yo no tengo interés en molestarlo, así que nos vemos un poco por azar. De pronto nos encontramos en algún sitio. Lo vi hace más de un año en Barcelona.

Siento que es un amigo muy auténtico. Tenemos una comunidad de intereses, porque nos gustan los mismos libros, la misma música, y yo admiro mucho su energía verbal.

Este hombre crea continuamente palabras y pensamientos, no sólo mientras escribe sino también en su vida cotidiana.

¿Él se muestra agradecido con usted?

Sí, mucho, pero yo no veo por qué. La gratitud la tiene el lector hacia el autor de “Cien años de soledad”, no hacia el editor.

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