En esta segunda entrega de la galardoneada crónica sobre la alternativa a la espiral de violencia de las barras bravas que ofrece el Centro de Formación Buen Pastor de Cali, conocemos a tres adolescentes, internos en dicha institución — Yeye, Steven y Juan “el Americano”. A través de sus perfiles vemos cómo buscan salir adelante. Estos impactantes reportes fueron publicados originalmente en el sitio Utopicos.com.co y recientemente ganaron el XXXVI Premio de Periodismo y Reportería Gráfica Alfonso Bonilla Aragón.
Informa Johana Castillo, Coordinadora Periódico Utópicos.
Yeye, un cambio de vida. A lo lejos, un sonido de candados anuncia su llegada. Un moreno alto y robusto, de ojos saltones y sonrisa grande llega a la reja. Juega con su cabello enrollándolo para formar ‘un rulo’, hasta que cinco minutos después el formador abre. Con el dedo índice erguido y un ‘bien’, agradece al funcionario.
Tiene 18 años y aunque le gusta el fútbol dice que no está para ‘barras bravas’; ama la música, compone letras para liberar la mente: hace dos años está en el Buen Pastor, donde es peluquero.
De su infancia recuerda cuando participaba con devoción en el grupo musical y el coro de alabanza en una iglesia; vivía con su madre y tres hermanos. Luego, “la independencia”, cuando se fue a vivir con cinco compañeros. Esto marcó su vida para siempre: “un día me fui para La Cumbre (Valle) a hacer una ‘vuelta’, cuando volví encontré muertos a tres de mis socios, los demás se volaron”.
Después se fue a vivir con dos amigos, a uno de ellos le decía ‘primo’. Por problemas de convivencia, su otro compañero decidió matarlo. Después Yeye y él permanecieron juntos.
Por un ‘negocio’ hizo que uno de sus amigos matara a otro, para quedarse con el pago. La respuesta apareció meses después: en venganza, matarían a su hermana. Yeye tenía 16 años.
De ahí se deriva el delito por el que permanece recluido. No quiere recordar y esquiva la respuesta.
Pasaron los meses, por avaricia y necesidad, cada vez se descarrilaba más, ahora hacía hurtos y homicidios y tenía armas ilegales. “Compraba ropa de marca, zapatillas y le hacía llegar unos pesos a mi madre. El compañero con quien vivía me dijo que la Policía estaba dando un millón de pesos por información sobre mi paradero”. Su ánimo es cambiante, ahora entre risas cuenta cómo fue su captura.
“Tocaron la puerta fuertemente, entre gritos avisaron que era la Policía, que abriera, que quedaba detenido”. Yeye apuntó a su cabeza con un arma para quitarse la vida.
“Era el fin del mundo”, todo estaba perdido y sabía que tenía que pagar por cada delito cometido, por tanto daño causado. La Policía tumbó la puerta e ingresó.
Un silencio invade la capilla, los recuerdos lo ponen sentimental. “No tuve oportunidades, lamento todo lo que hice, si no me hubiera relacionado con personas indebidas mi vida sería diferente, sería una buena persona”.
Con serenidad cuenta cómo se ha ganado la confianza dentro del Centro de Formación para tener los instrumentos de peluquería. “No doy mucho visaje, simplemente me porto bien, no le hago la guerra a nadie”. Ahora es una pieza clave para unir a sus compañeros de la casa ‘Honestidad’, a través del habla.
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En la lucha. Con tan solo 18 años, Steven ya cuenta con un gran recorrido en el Buen Pastor; su cabello, oscuro y lleno de crespos, decora sus rasgos negros pronunciados.
Sus ojos son grandes y deslumbran pasión, su voz es suave y sus movimientos corporales son lentos. La piel morena contrasta con el verde de su camiseta y una pulsera colorida que lleva en su mano.
Su amor por el Deportivo Cali es infinito, recuerda que es hincha “desde que mi papá me llevó a un partido del Cali, tenía 5 años y lo vi jugar contra el Nacional. Ese día ganó 2 a 0”.
En ese momento, Steven se apasionó al punto de que eran sagradas las visitas al estadio con su hermano y su papá.
Con el paso del tiempo se fue involucrando en las barras: “me fui metiendo al cuento y no voy a dejar de alentar a mi equipo, hasta en la tumba”, expresa con una risa nerviosa.
Está recluido en la institución desde hace un año, allí trata de olvidar todo lo que hizo en la calle. Es calmado; sin embargo, le gusta que le hablen claro.
Por su familia, trata de no meterse en problemas cuando se trata de defender al Cali. De ella recibe apoyo para lograr que termine su condena.
En del Centro de Formación aprendió a comportarse, no quiere pelearse por una camiseta para que allí, encerrado, esté intranquilo esperando un ataque de otros barristas. Sin embargo, enfatiza que por su equipo lo da todo.
Siempre trata de colaborar en todas las actividades desarrolladas en la institución, es juicioso y cumplido. Sin embargo, hay temas que prefiere callar, como por ejemplo, cuál fue el delito que cometió. “Yo sigo en la lucha”, expresa para simbolizar su deseo de salir adelante.
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“Ahora soy libre”: Juan, ‘el Americano’ Su cuerpo es un lienzo, los tatuajes son su principal característica. En él se reflejan treinta dibujos, tres de ellos en honor a su equipo, el América de Cali. Es ‘el Americano’.
Se sabe todos lo cánticos de su equipo y como barrista, ha pasado por diferentes ciudades alentando a su onceno del ama.
Habla calmado y sereno, sus ojos son negros y reflejan tranquilidad; en lo emocional es perseverante y mientras estuvo en el Buen Pastor trató de ahorrarse problemas con sus compañeros para no ser sentir más largos los 24 meses de sanción.
“Llegué por tentativa de homicidio y hurto, eso lo hice porque tenía rabia, me habían matado a un ‘socio’ y me iba desquitar con otra persona”, recuerda Juan.
Cuando fue aprehendido por las autoridades ya era bachiller académico y estaba cursando tercer semestre de gastronomía en el SENA. Encontraba gran placer en cocinar para su familia, en espacial el lomo de cerdo con salsa agridulce, que a todos encantaba.
Goza ser padre, pero al bebé solo pudo disfrutarlo durante sus primeros cuatro meses, pues fue capturado. Esta ausencia lo ayudó a replantear su actitud ante la vida, aunque reconoce que después del nacimiento de su hijo siguió delinquiendo.
Dice ser muy espiritual y, como garantía, muestra el tatuaje sin terminar de un buda en su antebrazo derecho.
Tenía grandes deseos de recuperar la libertad y finalmente lo logró. Ahora que está en la calle, felizmente retomó su vida social y familiar; sobre todo, le dedica mucho tiempo a su hijo, que es su motor cada mañana.
“No quiero cometer más errores, ahora soy libre”, puntualiza.