Crónica MadgascarCRÓNICAS — Mi primer viaje a Madagascar fue en 1993, como miembro de una misión que iba a diseñar la estrategia de salud, población y nutrición para la agencia para el desarrollo internacional del Gobierno de los Estados Unidos, USAID. Éramos cuatro y salimos de Washington, vía Paris.

El vuelo de Air France aterrizaba hacia las diez de la noche en Antananarivo o Tananarive o simplemente Taná, la capital.

Madagascar salía apenas de una prolongada era de gobiernos de izquierda, influidos por el socialismo y el comunismo franceses. El aeropuerto era sencillo, pequeño, caótico. Le quedaba grande la llegada de un jumbo con 400 pasajeros. Las maletas se demoraron una eternidad ante las sonrisas amables y algo avergonzadas de los funcionarios. Los trámites de inmigración y aduana fueron expeditos ya que íbamos en “misión oficial”.

El trayecto desde el aeropuerto al centro de Taná, en donde está el hotel Colbert, es para mí un vago recuerdo. Consumido por el cansancio de más de 30 horas entre aviones y salas de espera de aeropuertos, luchaba contra el sueño con la cabeza recostada contra la ventanilla de la típica buseta que se usa para recibir a las “delegaciones”.

Llegada al hotel, rápido registro y a caer rendido en una cama.

Nunca olvidaré el despertar. Eran cerca de las seis de la mañana. Oía voces de niños y niñas conversando, cantando, jugando, solo las voces. Creí que era parte del sueño y me esforcé por despertar. Ya despierto sentado en el borde de mi cama la lógica me decía que generalmente esos canticos y esas voces se acompañan con los sonidos de los pasos y los brincos de esos niños juguetones.

Entonces ¿por qué sólo las voces?

Me asomé a la ventana. Efectivamente la calle, que debía ser una calle central de Taná, estaba llena de niños y niñas que iban al colegio. Con uniformes impecables, las niñas con moños y trenzas y colitas también impecables. Pero iban descalzos, todos. No tenían zapatos. Entonces era como si estuviesen caminando en el vacío.

Durante un mes, cada mañana en Taná, me despertarían los mismos sonidos sin sonido.

Esas misiones internacionales que se cumplen en delegación tienen patrones muy definidos que las hacen algo aburridas. Pasa uno demasiado tiempo con “el equipo”, generalmente conformado por gente muy inteligente pero aburridísima. Estoy seguro que yo a mis cuatro colegas con los que pasé un mes en Madagascar les parecía tan aburrido como ellos a mí.

Siempre he preferido los viajes en solitario. Con el tiempo uno adquiere mañas y resabios. Horas de comer, horas de descansar. Va uno teniendo sus amigotes locales, contactos de trabajo, o gente que conoce por ahí, en un bar, en una librería o callejeando como gato viejo. Con mucha frecuencia el trabajo es intenso y lo que uno menos quiere es tener que socializar con “el equipo” al final de la jornada. No hay nada mejor que una ginebra con tónica en el bar del hotel ojeando un partido de fútbol o aún mejor, de cricket y haciendo comentarios banales con el vecino o la vecina de al lado. En esos momentos de reposo siempre evité la alternativa de la transmisión en directo de la guerra de turno o de las imágenes del más reciente acto de terror.

Luego una comida ligera con una copa de vino y a dormir. La fantasía de la seducción de la periodista bella sexi e inteligente en el bar del hotel desaparece en el segundo viaje, si es bella y sexy, generalmente tiene un novio, y cuando es inteligente lo último que haría es meterse con un tipo como uno.

En ese primer viaje a Madagascar estaba demasiado acompañado para mi gusto. Como el país salía de tiempos “difíciles” en Taná no había más que un par de restaurantes, y no muy buenos, aparte de el del hotel Colbert y el del Hilton.

O sea, los tres golpes, casi todos los días, en el hotel con el equipo.

El hotel Colbert, en Antananarivo en 1993, era un mundo aparte.

Madagascar es un país pobre. El cultivo más importante es el arroz. Y todos los malgaches tienen patos. Patos grandes y gansos que se pasean por los arrozales comiendo grano. Por haber sido una colonia o protectorado francés, Madagascar tiene una impresionante industria de Foie Gras fresco. No tienen la tecnología para conservarlo, pero el Foie Gras fresco es muy bueno. En Madagascar no existe la costumbre francesa de engordar el pato o el ganso forzándole la comida. Se engordan solitos en los arrozales.

El restaurante del Colbert tenía varias presentaciones de Foie Gras. Eso ya lo hacía diferente a los restaurantes de los hoteles en otros países. Lo malo es que ese patecito empalaga y a los pocos días uno ya no lo quiere ver ni en pintura.

Al terminar la primera jornada de trabajo, que tuvo lugar en una sala de juntas en la sede transitoria de la embajada de Estados Unidos recién abierta y bastante pobre en comodidades, regresamos al Colbert al atardecer.

La embajada quedaba en las afueras de Tana. Tengo casi tatuada en la memoria la imagen del lago que queda en el centro de la ciudad, al que rodean unos árboles maravillosos, que estaban todos en flor, las Jacarandas.

El árbol es nativo de América Central. Yo los había visto en Guatemala y en Jamaica. En la ciudad de México, en primavera ciertos sectores de la ciudad se vuelven “azules” por las flores de las Jacarandas. Nada, sin embargo, como ese círculo de árboles de flor entre lila y azul rodeando el lago al atardecer en Taná.

En Johannesburgo, en la zona de Sandton, el gueto que se construyeron los blancos cuando se salieron del centro de la ciudad en tiempos del apartheid, hay varias calles sembradas de Jacarandas. Mientras viví allí, cada vez que los veía recordaba la belleza del pequeño lago en Taná.

Se llega al centro de la capital bajando de una colina. Al final del descenso está el lago y enfrente el Palacio de la Reina, una joya arquitectónica totalmente fuera de lugar en la simplicidad de Antananarivo.

Cuando me contaron la historia del palacio se me grabó el nombre de uno de los reyes que más mejoras le hizo, Andrianampoinimerina, gran nombre.

Del lago salen hacia las colinas las calles, estrechas, con edificios de arquitectura francesa de comienzos del siglo XIX, muchas de ellas con el famoso pavé que hace que el sonido de los carros al transitar sea un constante tac tac tac.

Es el final de la tarde. Al legar al hotel quedamos con el “equipo” en tomar una cerveza o un trago juntos. Otra costumbre típica de este tipo de viaje. Uno llega al hotel, sube a su cuarto, si ha sido un día caluroso, se toma una ducha y se quita la pinta de trabajo, en los noventas todavía se usaba mucho el traje y la corbata, se pone unos jeans y una camiseta y al bar.

Al bar del Colbert se accede por la calle o desde el lobby del hotel, que de lobby no tiene sino el nombre. El mobiliario lo conformaba un sofá tapizado en una especie de terciopelo vino-tinto que me recordaba más alguna escena en un burdel en una película de esas que llaman de época, que el lobby de hotel alguno.

Cuando bajé de mi habitación y entré al bar noté que casi todas las mesas que estaban contra las paredes o los ventanales estaban ocupadas, por una mujer sola, local, bonita y perfumada. Recordé el sofá. Hummmm…pensé.

Yo estaba con dos gringas que llevaban uno que otro año en las lides de los programas de planificación familiar y de salud, obviamente feministas. Ellas no pensaron Hum… sino Ooooh…

Le pregunté discretamente el mesero, en francés pasito y rápido, ese idioma no era el fuerte de las gringas, lo de ellas era la indignación feminista con todo. Me explicó “c’est les girl friend de la semaine”, (las novias de la semana).

Poco a poco fueron llegando otros consultores, europeos, mucho más liberados. Cada uno se sentaba en una mesa y saludaba a la “girl friend” de piquito en la boca. Se formaban conversaciones, se juntaban dos o tres “parejas”, y desocupaban una que otra mesa.

Nosotros pasamos a comer. Esa noche me sirvieron de entrada un “foie gras” fresco, asado en un sartén, “poélé” le dicen en francés.

Acabada la comida, cada quien se fue retirando, y yo me quedé un buen rato tomando café y tratando de entender la dinámica de las girl friend.

Años más tarde en plena lucha contra el SIDA les pusieron nombre, se llaman trabajadoras sexuales esporádicas.

En Taná, en el Colbert las Girl Friend, se instalaban con su cliente en el hotel durante toda su estadía, a cambio de regalos, de buenas comidas y de uno que otro dólar. Los que se iban se la recomendaban a los que llegaban, y como siempre había un conserje del hotel con excelentes capacidades celestinas.

De acuerdo con el estatus del marrano de turno las girl friend adquirían estatus. La mesa de las duras no se tocaba. Ellas aparecían hacia las cinco de la tarde y se iban instalando, marcando territorio.

Después de un par de semanas en el Colbert, cuando ya habíamos avanzado bastante en la recolección de informaciones, tomamos una habitación grande y la arreglamos como oficina. Ahí pasaba uno el día escribiendo los documentos que conformarían la estrategia. Yo prefería trabajar en mi habitación y asistir a las reuniones en la “oficina”. Después de tres semanas yo bendecía cada ocasión de separarme del equipo.

Una tarde resolví que me adelantaría para tomarme una cerveza solo y dedicarme un rato a echar globos. Me fui al bar y pedí mi cerveza, que como en muchos sitios de África se sirve en botellas de 750cc, del tamaño de una botella de vino. Estaba tomando tranquilo cuando se acercó una señorita algo mal encarada y me dijo “la c’est ma table” (ahí es mi mesa). Uupps… Le miré bastante más rayado que ella a mí. Se fue mascullando “quel con” y se sentó en otra mesa.

Cuando llegó el marrano, le dio las quejas. Se había sentido profundamente insultada. Me trató como a una puta, le dijo la señorita a su cliente, quien sacó un minutico para explicarme el protocolo que ellos todos entendían y respetaban y me dejó saber en un inglés bastante mediocre, como del inspector Clouseau, que nosotros los gringos incultos no entendíamos nada. En mi mejor francés, pero con un marcado acento callejero le repliqué « Chuis pas américain monsieur, chuis Colombien moi » Se puso rojo y se marchó. Batalla ganada. A partir de entonces yo tenía mi mesa y las señoritas me la respetaban. De cuando en vez, alguna se sentaba y tomaba su tizana conmigo y hablábamos de cine, de libros, o de Colombia. En ese viaje en Madagascar por puro susto a las gringas feministas del equipo, me abstuve de conseguir novia, ganas no faltaron. Eran verdaderas, amateurs, estudiantes, cultas, leídas.

La delicada sofisticación del foie gras contrasta con una marcada influencia indo pakistaní en la comida de los malgaches con recursos. Los pobres comen arroz con unos vegetales verdes muy sabrosos cuyo sabor está entre el de la espinaca y la acedera y cuando hay con qué algo de proteína, casi siempre las presas menos nobles de los patos.

La comida en Madagascar picaba, mucho. Olía a cardamomo, a massala, a turmérico. La vainilla de Madagascar es famosa y su presencia está en todos los postres. Mis compañeros de equipo preferían las hamburguesas y el club sandwich del hotel Hilton. Yo aprovechaba cada ocasión para volarme a almorzar a un restaurante local con alguno de los contactos con quienes estábamos en constante diálogo para construir una estrategia que tuviera algún arraigo.

En una de las salidas de campo, atravesamos un pueblo y nos tuvimos que detener. Por una calle bajaba un grupo nutrido de personas bailando y cantando con un bulto en hombros que obviamente era un muertito. Alegre forma de enterrar a sus muertos, comenté. Equivocado. Era un desentierro. El ritual se llama Famadihana.

Se supone que para que el ancestro tenga paz hay que limpiar sus huesos y cambiarle las telas en que lo envuelven al enterrarlos. Entonces cada siete años se reúne la familia ampliada y se arma una fiesta que empieza con la inhumación del cadáver, la limpieza de los huesos y el cambio de los lienzos. Luego, ya limpio y cambiado lo llevan en alegre procesión a su casa en donde le hacen una fiesta y de vuelta a la cripta. Ese día nos topamos con la procesión de un muerto ya cambiado. Me invitaron a ver una inhumación y el ritual de limpieza. No fui capaz

En Madagascar se encuentran unos tipos muy interesantes, los Lémures. Durante mi primer viaje, en 1992, Madagascar salía de años de aislamiento, y por suerte los Lémures habían estado también aislados y relativamente tranquilos en el bosque. Tristemente ya en ese entonces, sus hábitats estaban amenazados por la deforestación.

El World Wildlife Fund, el Osito, tenía un programa bastante bien organizado para proteger los bosques donde viven los Lémures. Participé en un viaje de fin de semana a visitar uno de los “santuarios” protegidos por ellos.

Es uno de los viajes mágicos que mis andares por el mundo me han regalado.

Viajamos en tren hacia el occidente a uno de los bosques en donde viven los animalitos. Durante tres horas serpenteamos por arrozales y luego por un bosque nativo espeso. En esos arrozales se paseaba todo el foie gras que nos comeríamos en las semanas siguientes. Llegamos a un pueblito en donde el hotel se llamaba como en la mayoría de los pueblos franceses, el Hotel Terminus.

Los cuartos eran bastante básicos, con baño compartido y lavamanos en el cuarto. Agua fría así que uno se hacía la tradicional “toilette” con la toallita de manos y salía seguramente apestando a caminar durante horas por un bosque húmedo, sudando. Yo por la noche del primer día no resistí mi propio hedor y me metí una ducha tan fría que dolía, ni modo.

El plan de ver a los Lémures en 1992 todavía no estaba en las guías de turismo, ni en el naciente internet. Por ende, no había una página que le dijera a uno que ropa ponerse. Blujean y camiseta lo más neutro posible, eso sí con zapatos impermeables, yo me compré unas botas machita que al final del paseo le doné a la gente del WWF para que se las dieran a alguien que las usara. La instrucción del guía fue muy sencilla, en el bosque no se habla, todo a señas.

Éramos seis, así que la cosa se facilitó. El guía se detenía y levantaba la mano, señalando la copa de un árbol y usando el símil del reloj, con los dedos marcaba la hora, las doce siendo enfrente, las once a la izquierda y la una a la derecha. Si uno quería comunicar que había visto al bicho hacía el signo de OK de los buzos.

Así duramos ocho horas en el bosque. Vimos muchos lémures, de varias familias. Mucho silencio, mucha pensadera. Mágico.

Lo que más me marcó era la fijeza de la mirada de los lémures, con sus enormes ojos. Yo quedé con la impresión que el WWF tenía un pacto con los lémures. Llevaban a turistas como nosotros a que los lémures nos observaran y a cambio ellos se dejaban ver y hacían una que otra monería, como correr en dos patas con las manos en alto como si estuvieran bailando “you have to move it move it” la canción de la película Madagascar.

Había momentos en que uno se sentía, realmente, observado. Levantaba uno la cabeza y había cuatro o seis ojos enormes intensos mirándolo, de tras de esos ojos el cuerpo de un lémur.

Volví a Madagascar en 1997.

Cuatro años más tarde y ya los gritos y las voces se mezclaban y se fundían con el ruido de los pasos al caminar y al correr. Había llegado Batta, la cadena de los zapatos baratos que invadió a África en el segundo quinquenio de los noventa.

¿Había llegado el desarrollo?

Cuatro años de estabilidad política y de promociones turísticas cambiaron la isla, seguramente para bien. La más antigua función social se había profesionalizado. Las chicas estaban en discotecas. El Hotel Colbert ya no las toleraba en el bar. Los clientes aventureros las entraban a su cuarto pagándole una propina al conserje, y ellas salían de madrugada. Por coincidencia habían quitado el sofá redondo de terciopelo.

El foie gras estaba enlatado, mal enlatado, y había perdido su encanto. Aparecieron varios restaurantes franceses, pretenciosos, malos y caros.

El hotel Colbert ahora tenía lobby y en el lobby encontraba uno los plegables de las agencias que ofrecían el tour de los lémures, o la visita a Tomashina o a Fianantrasoa.

Esos tours nunca tuvieron la encantadora magia de la visita de 93’.

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