6358750917_cb6b8e5dce_zPor Carlos Danger –Aquella vez creí haber llegado a la ruina total. Mis tarjetas de crédito habían reventado. Mi cuenta bancaria en menos cero. Ni un centavo en el bolsillo. Mis pocos contactos profesionales escasamente se acordaban de mí.

Salir de mi apartamento cada mañana era una pequeña odisea. Tenía que hacerlo temprano, antes de las cinco y media de la mañana, para evadir la casera, o, si no, debía esperar hasta pasadas las 11, hasta que subiera a su apartamento.

La escuchaba decirme, con su acento ruso, “Sé que estás ahí. Ya me debes tres meses. El próximo mes es orden de desahucio”. Nelly se plantaba a la salida del edificio, bloqueando mi salida. Charlaba con las caseras de los edificios vecinos, todas inmigrantes rusas, que, no me cabe duda, le estaban bloqueando la salida a otro pobre arruinado como yo. Seguro que así era toda la Calle 9 entre Avenidas 1 y A, todo el Este del Bajo Manhattan.

Claro que yo no tenía mucho que hacer afuera. Pero huía del calor infernal de esos pequeños apartamentos llamados de ferrocarril, con una ventilación mínima y un sistema de cables tan antiguo que impedía la instalación de aire acondicionado.

Pero más que nada, salía por la experiencia de la calle, porque cada salida era una aventura. Salía por participar en el circo humano de las calles neoyorkinas en verano, donde se juntan las mujeres más bellas y sensuales del mundo, con la gente más fea y repugnante.

Donde se ve la carne en todas sus etapas —desde las nalgas firmes y altas de las bailarinas, hermosas ellas con su ropa de baile, su pelo estirado hacia atrás, sus chaquetas cortas. Hasta las carnes abundantes, sometidas a la fuerza de gravedad, al desgaste de los años y el abuso de azúcar y almidón. Monstruosidades, deformaciones, ridiculeces, mamarrachos, anacronismos de la moda, todo cuanto produce la Viña del Señor.

Nueva York me había cautivado. Su encanto me producía una parálisis profesional, me impedía concentrarme en una tarea, me imposibilitaba superarme económicamente. Yo era indiferente a cualquier lujo, mujeres, comida, ropa, sólo quería ser parte de Nueva York.

Cuando me enteré que el tío Rodrigo Castellanos había muerto, la verdad es que ni me entristecí ni me alegré. No lo había visto por cinco años, y la última vez habíamos tenido una de tantas discusiones filosóficas, de esas que los participantes salen peleados.

Se había manifestado decepcionado ante mi falta de ambición, señalando que mi hedonismo era inmoral; por mi parte, yo le había dicho que su vida me parecía una pérdida de tiempo y un desperdicio de recursos. En pocas palabras nos habíamos mandado mutuamente al diablo.

No pude ir al entierro porque en aquellos días yo estaba ilegal y cada salida de Estados Unidos traía consigo la dificultad adicional de regresar colado por la frontera. Un desvío costoso, que yo ya consideraba parte integral de mis itinerarios.

No envié un telegrama — Marconi como decía el tío — porque me habían cortado el teléfono.

Tampoco mandé el pésame, porque al salir por las estampillas me había distraído mirando a la gente.

En fin, no hice nada, porque sufría de una anorexia, un pacifismo paralizante.

Y pasaron los días, seguí mi rutina anárquica, seguí experimentando Nueva York.

La carta recomendada no me hubiera llegado si no es porque Nelly, la casera, hizo el esfuerzo por firmar, buscarme y entregármela. Algo le decía que era importante: todos los emigrados rusos creen en milagros, en fortunas que aparecen de la noche a la mañana, legados de parientes millonarios, aunque ninguno conozca a nadie a quien le haya sonreído el destino de esta manera.

La carta recomendada me informaba que el tío Rodrigo me había dejado el contenido de una bóveda que tenía alquilada en un banco de la ciudad. Con la llave, y una carta de autorización firmada por el ejecutor del testamento y validada por el gerente del banco, entré a la cámara.

Me había dejado plata. Y oro. Y joyas. Y dinero en efectivo. Además, una carta en la que mi tío señalaba que, en el fondo, admiraba mi capacidad de romper con todo para dedicar mi vida a no hacer absolutamente nada. “Si lo usas sabiamente, podrás vivir bien con este dinero. Pero, conociéndote, no me cabe la menor duda que no durará mucho. Allá tú. Pero lo que hagas, gózalo como has gozado la vida hasta ahora”.

Celebrar. Tenía que hacerlo. Cualquiera lo haría. Si había disfrutado la vida de pobre, ahora rico, podría disfrutarla más. Mejor.

Quería algo especial. Pensé en irme a un restaurant de lujo, acompañado de la mujer más bella, pedir el mejor champán, caviar, todos los fierros. Pero bueno, eso ya lo había hecho.

Luego pensé irme al mejor burdel de Nueva York, los que frecuentan narcotraficantes colombianos, miembros de la Cosa Nostra, altos empresarios y políticos. Sitios donde las mujeres más bellas del mundo están prestas a complacerlo a uno en todo. Un lupanar cuyo menú es tan variado como son la imaginación y el bolsillo del cliente. Había oído hablar de ellos y me intrigaban.

Supe de uno en el lujoso Penthouse de un edificio en la Calle 50 con 3ra Avenida y me fui por ese rumbo.

Pero me afligió nuevamente el desgano, ese tedio paralizante. Y luego qué, de qué sirve. Qué celebración es ver a esa élite que desprecio; por qué voy a compartir con ellos. Y mientras más lo pensaba, más me daba cuenta que necesitaba algo fuera de lo ordinario.

Había llegado arriba, debía celebrar por debajo.

Por qué no hacer las cosas al revés, gastar mi dinero con la prostituta más vieja, más arruinada, con la que ha caído más bajo, con la que ha sido golpeada más duro por la vida.

Por qué no irme con ella al peor antro de Nueva York. Por qué no hacerle el amor de forma asquerosa. Por qué no enriquecer mis memorias con una que me dé vergüenza contarle a la gente.

Todavía no sé que me condujo a razonar de esta manera obtusa; qué me llevó por donde fui. Caminé por el bajo Manhattan, en el área entre las calles Allen, Bowery, Houston y Delancey, entre ruinas de edificios y seres humanos arruinados, donde comunidades sufren el cruel azote del vicio y la pobreza, donde niños de 7 y 8 años juegan entre ratas y basura, jeringas y empaques de crack, en parques llenos de excremento, condones, con un onmipresente olor a orines. Allí fuí a buscar la prostituta de mi celebración.

Buscaba vejez, pero no necesariamente vejez física. Ví obesidad, ví dientes cariados, ojos morados, caras cicatrizadas, espaldas dobladas, ropa raída. Otras ví en trance, como zombies, drogadas, mal alimentadas, sometidas a los estragos de la intemperie. Mujeres arruinadas, estropeadas, vueltas nada. Pero había muchas. No necesariamente la que quería.

Un chofer de taxi me sugirió el oeste de Manhattan, Avenida 11 a la altura de la Calle 30.

Un área de muchas putas; las ví caminando, exhibiendo sus viandas ante líneas de carros que venían desde Nueva Jersey con el propósito expreso de encontrar una de estas mujeres.

Pero eran muchachas profesionales, bien alimentadas, provocadoramente vestidas,  administradas por una pandilla de chulos afroamericanos que patrullaba el área en limosinas. Era un bazar con buena mercancía — de lo mejorcito que puede encontrarse entre la prostitución callejera.

Decidí caminar a lo largo y ancho de la Avenida 11, en dirección al Distrito de la Carne, que por las noches frecuenta una flora y fauna travestí, operando al abrigo de las sombras.

Fue camino en esa dirección que la ví. Parada debajo de un farol en la Calle 24 entre Avenidas 11 y 10. Lucía cansada, agobiada por el peso de una vida que quizás nunca debió haber tenido lugar. Me hice invisible en la entrada de un garaje y la observé.

Durante la hora y media que la observé, una docena de carros se le acercaría. Bajaban la ventana para discutir con ella e invariablemente se marchaban: la pobre puta era horrorosa. Las caras de asco de los choferes hacían que aumentara mi interés.

Siempre ignorando que yo la miraba, la ví subirse la falda y orinar. Ahí mismo, junto a su puesto de combate. Sin el menor pudor. A veces se medio dormía. Del hambre. Del cansancio. Del efecto de alguna droga. Y seguía pasando el tiempo. Y los carros seguían parando y se seguían yendo.

La ví recoger una colilla de cigarrillo y prenderla.

Y pasó más tiempo.

La oí maldecir, ponerse furiosa, después la noté triste, la escuché llorar a gritos, insultar a los carros que no paraban. Desde donde yo estaba podía ver cómo los que la rechazaban, inmediatamente recogían a otras muchachas más adelante.

Los carros se parqueaban, las muchachas cabeceaban, haciendo sus labores.

Pasaron tres horas, ella siempre bajo la luz mortesina de un farol callejero.

Tres largas horas en que unos 25 carros se le acercaron para luego salir corriendo. Con la crueldad de los hombres, la humillaban, la insultaban, le tiraban latas vacías de cerveza. Otros paraban a varios metros, la hacían correr y luego ellos prendían carrera.

Y ella, paciente, siempre esperando aquel carro que no habría de venir. Orina nuevamente, luego comienza a escarbar entre la basura, buscando algo de comer.  Se embadurna maquillaje en la cara, se cambia el escote, en vano tratando de mejorar su triste presencia.

Se rascaba.

Era la puta que yo buscaba. Mi puta. Parecía tener todas las enfermedades posibles, haber sufrido todos los vejámenes. Para mí era un riesgo enorme y esto aumentaba mi interés. Ahí comprendí que la vida es tomar riesgos, que se vive en la medida que se quiere tomar  riesgos  mayores.

Sentí una enorme atracción por ella, deseo sexual, pero también ternura: quería amarla, darle el amor que la existencia le había negado, quería entrar en su cuerpo, tocar su alma, compartir su inmundicia para redimirla, rectificar la falta de generosidad que con ella había tenido la vida.

Es interesante señalar aquí que cuando me le acerqué, en su limitada manera, y con su ser todo aporreado, hizo un vano intento por coquetearme. Mantuvo sus dejes, esos ademanes de puta que nunca se pierden. Me habló con la melosería de las prostitutas callejeras. Me ofreció sexo oral ahí mismo, por US$15 y al ver mi asombro rebajó a US$10 y luego a US$5. No me creyó cuando le dije que quería acostarme con ella, tenerla en mis brazos, pasar la noche con ella, en una cama, en un hotel. Me pidió US$20 y rápidamente rebajó a US$15.

El Hotel Terminal, en la esquina de la Calle 23 con la Avenida 11, es un antro de mala muerte, lúgubre, que parece al borde del derrumbe. A las cuatro de esa mañana de verano, era un hormiguero. Lo que entraba y salía del Hotel Terminal opaca cualquier descripción de la Corte de los Milagros.

Entre tantos, quedaron grabados en mi memoria un individuo de unos dos metros de alto, con escasos 50 kilos, que parecía recién salido de un campo de concentración, sobreviviente de Auschwitz.  También, una mujer que le faltaba una pierna, desde su silla de ruedas, con su rostro arruinado por las llagas, andrajos por camisa, sus fláccidos senos por fuera, peleaba, gritaba, gesticulaba, insultaba.

Mi puta y yo entramos al hotel, pasando una cabina en vidrio contra balas, luego de pagar $5. Nos dirigimos a su habitación, al final de un pasillo estrecho, oscuro, obstruido por enormes bolsas de basura, cajas, latas de cerveza, condones tirados en el suelo, excremento.

Para entrar en el cuarto #6 sólo había que empujar la puerta.

Jamás en mi vida yo había visto igual porquería. Es más, yo jamás hubiera imaginado que un ser humano soportara vivir bajo tales condiciones. Lo que más me sorprendió fue la cantidad de cosas —ropa, latas, cajas,  periódicos, bolsas de supermercado, restos de comida— regadas en el suelo de este cubículo de 2 por 2 metros.

El piso se me pegaba a los zapatos.

Colgué mi ropa de un clavo en la pared, junto a los restos de dos cuadros, un buey y un burro que alguien en mejores tiempos habría puesto ahí.

Al comienzo ella rehusó quitarse la ropa. Sentía vergüenza del lamentable estado de su cuerpo. Insistí y accedió a hacerlo, sólo cuando ofrecí doblar el precio que habíamos acordado.

Si el hotel era sucio, y su cuarto una pocilga, no existen palabras en español para describirla a ella.

Era una gordura flaca. Sus senos colgaban hasta la cintura; pero más que senos eran dos gigantescas arrugas, dos vejigas desinfladas.  Las marcas en su estómago indicaban varios embarazos, cesáreas, otras capas de carne escondían su área genital. Rasgaban sus nalgas, dos cicatrices enormes, quizás la huella de una venganza callejera, pelos, granos, forúnculos. Brazos y piernas tenían mil marcas de jeringas, inyectadas hasta el desplome de las venas, borrando cualquier musculatura. Despedía un fuerte olor a rancio, agrio, combinación de mariscos putrefactos, mierda, orines, infecciones genitales. Tenía llagas, algunas con gusanos.

Pedí un condón y me dijo que no tenía: no había podido comprarlo porque no había trabajado en mucho tiempo. Me trajo uno usado, que había recogido en el pasillo. No fue por asco que decidí no ponerme el condón. Si la quería a ella, debía quererla como era, correr los riesgos necesarios. Tal era mi amor.

Nos envolvimos en un abrazo sexual. Mientras besaba su boca asquerosa, compartía su aliento inmundo, aumentaba mi amor, mi ternura. La amaba, no sólo porque le estuviera haciendo el amor, sino porque ella aceptaba mi amor como nunca nadie lo había aceptado.

Pidió fumar crack. Lo conveniente del Hotel Terminal es que si uno quiere crack ahí es donde conseguirlo. Y lo conseguimos. Compré cien cápsulas, lo que una persona como ella consume en una semana.

CrackFumó y fumé. Con el humo entraba vida a sus pulmones, como una transfusión de savia alimentando un tallo a medio secarse. Yo recibía el humo de sus labios asquerosos, lo dejaba que bajara a mis pulmones y luego se lo soplaba en su vagina.

Si mi curiosidad la había vuelto mi amante, su sufrimiento la convertía en mi hermana, ahora el crack era un cordón umbilical que me unía a ella. Era mi madre y yo quería regresar a su vientre, humillado, penetrado, violentado millones de veces con el desprecio de mil penes sin nombre.

La deseaba con la locura de un poeta poseído.

Luego al baño, con una pipa, los fósforos y el crack, para meternos en una bañera manchada, percudida, contaminada con agua estacanda y los pelos de los inquilinos del Hotel Terminal.  Siempre fumando, viendo la bañera llenarse, hacíamos el amor — dos almas solitarias que se encuentran en la soledad neoyorkina.

Mientras hacíamos el amor, entró al baño uno de los inquilinos del Hotel Terminal  y defecó.

¡Qué me importaba! Mi amor vencía cualquier repugnancia: yo no podía sentir asco, tener ningún escrúpulo hacia la manera como vivía mi pobre puta.

Al besarle su vagina, al traerle esa sensación que ella no había sentido en muchos años, mi pobre puta, mi amada puta gritaba y se le escuchaba por los corredores. No me dejaba parar; tenía mi cabeza aprisionada entre sus piernas. Sus gemidos atrajeron a dos inquilinos del Hotel Terminal, la coja y Auschwitz, cuyas sexualidades adormecidas habían despertado con la pasión de mi pobre puta. Se masturbaban furiosamente, la coja en su silla de ruedas, Auschwitz de pie, sus ojos desorbitados con un pene que por la escualidez del cuerpo que formaba parte, lucía desproporcionadamente grande.

Y yo preso entre las piernas de mi pobre puta, que en su trance orgásmico, emitió un bramido que resonó por los corredores del Hotel Terminal, alcanzó la calle, desgarró la anómima noche neoyorkina.

Quedé preso entre sus piernas por más de una hora después de la muerte de mi pobre puta.

Foto cortesía Randy LeMoine via flickr

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