1692915302_261920c7c9_z-1Por Carlos Danger — La bailarina dio media vuelta, se soltó el brasier y, con un gesto que se sabía de memoria, lo tiró para atrás.

Dio nuevamente la media vuelta y exhibió sus senos descubiertos: abundantes, generosos, firmes.

Muy firmes, con esa firmeza poco natural que producen dos operaciones de cirugía estética.

Sentado al borde de su silla, Lilo veía a la rubia bailar sobre la mesa desde un ángulo que dramatizaba la acción. Tragó saliva. De un sorbo terminó su whisky, sacó un fajo de billetes que le abultaba enormemente el bolsillo y peló otro billete de $100.

Tres pares de ojos siguieron los movimientos de Lilo mientras guardaba su dinero. Tres pares de ojos — el barman, el portero y la bailarina — que estaban tramando cómo apoderarse de él. El fajo de dinero en manos del borracho era lo único que mantenía abierto el Bar Exotic Dancers, esa fría mañana neoyorkina.

Hacía ya más de 2 horas que el establecimiento había cerrado, pero para Lilo la fiesta estaba comenzando. Quería a la bailarina — y no importaba lo que hubiera que pagar. Jamás en sus 33 años había visto una rubia de tan cerca. En su patria, las rubias estaban muy lejos de su alcance: separadas de él por una barrera histórica, una división de clase. Lilo las consideraba parte del enemigo, causantes de la opresión de las masas, agentes de los americanos y de los terratenientes que explotaban el país.

A veces, con los otros guerrilleros, comentaba cuánto no le gustaría hacer el amor con una mujer rubia — pero siempre hablaban de ellas como se habla de lo imposible; como si se tratara de un espejismo: reales pero de mentiras.

Pero esta noche iba a ser posible. Así pensaba Lilo, su mente turbia por más de media docena de whiskies dobles. La devoraba con la mirada mientras ella seguía su baile encima de la mesa. Sus ojos no se perdían el provocador balanceo de los senos de la muchacha. Nuevamente cambió el paso la bailarina y, acercándose a Lilo, comenzó a ondular la pelvis, como si estuviera haciendo el amor con un ser imaginario.

En su mente, él — Lilo — era este ser. Se agachó frente a Lilo y, mirándolo directo a los ojos, con un sensual movimiento de la lengua se relamió los labios. Escasos 50 centímetros los separaban: alcanzaba a olerla, a mujer, a perfume, a cigarrillo, a trago. Veía el sudor correr entre el valle de sus senos; podía admirar la blancura de esa piel por la que se translucían sus venas.

A Lilo le faltaba el aire. Peló otro billete, otro más y otro más, ¿por qué no? y los fue agregando, uno por uno, al penacho de billetes de $100 colocado por él en el liguero, que sostenía esas medias de seda negra que cubrían dos largas y musculosas piernas.

¿Cuánto dinero se habría gastado Lilo? Miles y miles: llevaba enrumbado una semana. Pero el dinero no era su problema. Poco le importaba a Lilo que estuviera usando dinero facilitado por su organización guerrillera en América Latina para hacer trabajo político en Estados Unidos, establecer contactos en las Naciones Unidas, convencer a sectores eclesiásticos de la justeza de la lucha.

Lilo creía merecerse este descanso: después de todo había combatido por muchos años. Esa noche, frente a la rubia, el enorme fajo de dinero de Lilo era, igual que su arma en la guerrilla, su poder: una extensión de su pene, un medio hacia un fin. El fin era poseer a su primera rubia. Hacer el amor con una mujer gigante, un ser irreal.

La rubia se puso de cuclillas frente a Lilo y, señalando debajo de su cintura, se quitó el calzón. Lilo podía ver el área púbica de la bailarina: era la primera vez que veía de tan cerca a una mujer, ¡la primera vez y con una rubia! Era igual que en las revistas; igual que en las películas que había frecuentado en la Calle 42 desde su llegada a Nueva York.  Qué lindo, pensó: se había afeitado parte del pubis, elaborando un diseño estilizado en forma de corazón. Resaltaban dos labios de un color carne claro.

En un reflejo animal, Lilo respiró profundo, tragando aire, queriendo disfrutar ese olor a mujer; sintió un ganas de besarla, de lamerla,  ahí mismo en el Bar Exotic Dancers. Casi por reflejo, estiró la mano para tocar e inmediatamente se encendieron las luces, dejándolo medio ciego.

Bruscamente retirado de su estupor, Lilo vio en el espejo al portero acercársele para señalarle que era hora de marcharse. Eran las 5am y este cliente los estaba preocupando. Temían que, después de haberse gastado más de dos mil dólares, les fuera a crear algún problema que pudiera llamar a la policía.

Lilo estaba seguro que la bailarina le invitaría a acompañarla a algún sitio, pero ella había desaparecido. El portero con un firme empujón lo condujo a la calle. Lilo no supo que hacer. Sólo esperar. Y esperó frente a la puerta, como un perro espera a su amo, como espera el que no tiene nada que hacer; esperó sin darse cuenta que, por una salida lateral, la bailarina se escapaba en un taxi.

El guerrillero se encontró solo en la calle. Solo en medio del terrible frío. Solo con su deseo sexual. Solo con una imagen que le carcomía la mente: la mujer rubia de los senos grandes y la piel blanca.   Solo en medio de este Nueva York ingrato. Sin cejar en su empeño, Lilo optó por caminar por la Avenida 11: no sabía adónde pero iba a encontrar a la rubia. Si no esa rubia, otra rubia.

Si no otra rubia, otra mujer.

No me importa cuánto dinero me cueste, pensó, nuevamente olvidando que con lo que él había gastado esa noche, en su tierra vivían varias familias campesinas como la suya, a las que él decía representar.

El comandante guerrillero no caminaba, zigzagueaba como cualquier borracho. Escasamente habría avanzado una cuadra hasta la entrada del Hotel Terminal, en la Avenida 11 con Calle 23, cuando se topó con otra muchacha. No era rubia, de hecho era negra. Algo es algo, pensó.

En realidad, él no pensaba, sus decisiones las tomaba su deseo sexual que, combinado con su estado de intoxicación, impedía que Lilo viera que en realidad la muchacha era un hombre. Un travestí, que escasamente lograba esconder sus facciones masculinas bajo varias capas de maquillaje.

Por señas, Lilo y el travestí acordaron un precio. Por señas otra vez, el travestí le indicó a Lilo que subieran al Hotel Terminal para hacer el amor.

Y, nuevamente por señas, al pasar una cabina contra balas, Lilo entendió que debía pagar. Ahí cometió su peor error de la noche: sacó su enorme fajo de dinero ante los dos paquistaníes que administran el hotel y frente al travestí con que esperaba pasar la noche el Comandante Lilo, Miembro Pleno de la Comisión Internacional de uno de los movimientos insurgentes mejor conocidos en toda América Latina.

El temor a un incidente que atrajera la policía era la única razón por la que el barman y el portero del Bar Exotic Dancers no le habían robado a Lilo todo lo que llevaba. Pero ese temor ya no se extendía al Hotel Terminal. Porque allí no entraba la policía.

El travestí guió a Lilo a lo largo de un oscuro corredor, esquivando botes de basura, cajas de cartón, condones, excremento, capsulitas vacías de crack y otros estupefacientes. Empujaron la puerta de la habitación #6 y entraron.

Siempre por señas, el travestí le pidió al veterano guerrillero que se quitara la ropa. Gustosamente accedió Lilo,  que bajo el efecto del alcohol y de sus hormonas alborotadas, había adquirido los ridículos ademanes de un galán de cine. Levantaba una ceja al mirar, sonreía de medio lado; pronunciaba una serie de piropos en español que el travestí no entendía.

Tampoco el travestí quiso tomarse el tiempo para comprender, pues desapareció rápidamente de la habitación. Antes de que Lilo se diera cuenta, entró un hombre alto, de unos dos metros y escasos 50 kilos y, sin que el veterano de más de 30 combates armados presentara la menor resistencia, le llevó toda la ropa.

Acostado, con una enorme erección, inicialmente Lilo no supo que lo habían robado. Esperó por segunda vez esa noche. ¿Cuánto habría esperado? Nunca lo supo.  A

l cabo de un largo rato, cuando finalmente comprendió que lo habían robado, Lilo, que todavía tenía un fuerte deseo sexual, se masturbó. Se masturbó pensando en la rubia del Bar Exotic Dancers, la única rubia que había visto de tan cerca en toda su vida. Se masturbó pensando en el travestí, que para él seguía siendo una provocadora negra. Se masturbó porque el calor que sus manos traían a su sexo eran el único consuelo ante el dolor de haber caído como cae un pobre imbécil.

Y al terminar de masturbarse, sintió una profunda congoja, frío, soledad, ira, temor. Y entonces le hicieron falta su plata, su arma, sus compañeros,  su tierra, su guerra, su madre; y bañado en lágrimas de frustración, se fue encogiendo, subió las rodillas al pecho, introdujo el pulgar en su boca y se dejó llevar por el sueño.

No acababa Lilo de dormirse en la inmunda cama de la asquerosa habitación del Hotel Terminal, cuando lo despertó violentamente un grito seguido de una patada.

Los dos paquistaníes de la cabina contra balas habían recibido su parte del robo y querían que la víctima se fuera.

Tomando completamente por sorpresa al guerrillero, el legendario comandante que había burlado tantas emboscadas, lo pasearon desnudo a lo largo del corredor.

Alguien le puso encima una sábana rasgada, que habían tirado de uno de los cuartos, con la que se cubrió. A la salida encontró un palo de escoba.

Y así quedó.

Veterano de más de 10 años en la clandestinidad de la guerrilla urbana, estratega de varias campañas y complicadas maniobras militares, Lilo se encontró desnudo, despojado de varios miles de dólares de la organización que lo había enviado a trabajar a Nueva York.

Medio borracho, tiritaba bajo el frío neoyorkino de febrero.

Con la sábana que se cubría, y el palo de escoba al que se aferraba como antaño a su fusil, Lilo parecía un fantasma menesteroso, escondiéndose entre las sombras de la noche.

Foto cortesía Orin Zebest via flickr