EmpanadasHe comido brochetas o kebabs o sattay o simplemente pinchos, de toda clase de bichos hasta perro de pronto en Hanoi, en Bankok, castañas en Paris y en Madrid, Samosas en Kampala.

Hay libros de fotografías de la comida callejera. No puede uno ir a Nueva York sin comerse un perro caliente y un pretzel en la calle. Corre uno el riesgo de una severa infección intestinal, pero come en la calle en todas las ciudades del sureste asiático.

Reflexiones de Juan Manuel UrrutiaNi se diga de México, tacos, quesadillas, sopes en las esquinas. Y mi favorito, el taco de canasta que se consigue en unas canastas llenas de tacos preparados hace unas horas, o unos días o unas semanas, picosos, deliciosos mi favorito era el de papa con chicharrón, con harta salsa verde, lo compraba en Tasqueña, la terminal de transportes del sur en donde toma el camión que me llevaba todas las tardes de regreso de mi oficina en Tlalpán a Cuernavaca. Esquites, elotes, mango verde con chile piquín, en la entrada del bosque de Chapultepec. Puede uno pasar meses en México alimentándose únicamente en la calle.  No sé que tan informal sea ese comercio.

Desde que regresé a Colombia, hace diez años, vivo en la zona del parque del Virrey en Bogotá.  En un perímetro de 7 cuadras de largo por 4 de ancho, más o menos 280,000 metros cuadrados, ni siquiera una hectárea, puedo contar más de quince puestos de venta de comida callejera. Esa es la bendición de los oficinistos y las oficinistas (como diría el maduro) cuya nutrición depende del desayuno con huevos pericos con arepa comprados en los puestos de la 85 con 15, de la 85 con 14, de la 90 con 15 y de la 92 con 11. En esos puestos hay montada una altamente riesgosa cocinita de gas con bombona y todo, en donde le preparan a uno ese plato bogotano que se hace con huevos amarillos, tomate rojo y cebolla larga verde, los colores del perico.

En otros puestos más modestos, al alba, comen arepa santandereana o empanada con harto ají los trabajadores de las construcciones. En esta pujante zona hay muchas construcciones, siempre, tantas que a los trabajadores, Peñaloza les quiere hacer una cancha de futbol en el parque del Japón a la que se oponen los remilgados residentes de la zona. Los aguacates del almuerzo los compro en un puesto que no tiene igual en la 90 con once.  A mediodía, en la calle 90 con carrera 11A se estaciona un carro que vende almuerzos, una cuadra más abajo en la carrera doce el puesto de jugo de fruta está abierto desde las seis de la mañana.

En todos esos puestos he visto con estos ojitos, a los panzones policías del cuadrante asegurando el insumo nutricional necesario para andar por las calles acosando motociclistas y morboseando a cuanta mujer camina por la zona.  Nunca me pregunté si esa empanadita, ese juguito, esos huevitos, esa arepita se pagaban o eran una gentileza de comerciante, obviamente informal.

Ahora resulta que en aplicación del código de policía comer empanaditas en la calle es ilegal y multable, ochocientos mil pesos le clavaron a un joven por tan terrible infracción.

Eso es lo que la generación de mis padres llamaba una alcaldada, medias absurdas, estúpidas, que no llevan a nada, tomadas por la autoridad.

Si de regular el espacio público, se trata, multen por ejemplo a las camionetas blindadas de alta gama que se estacionan donde les viene en gana porque el “personaje” así lo ordena.

Este fin de semana hemos sido víctimas de otra alcaldada. El aire de Bogotá es irrespirable desde hace años. Es irrespirable porque no se han regulado ni prohibido las “industrias” altamente contaminantes. Es irrespirable porque el sistema masivo de transporte es de los más contaminantes del mundo pues combina los buses a Diesel de Transmilenio con miles de buses que se debieron convertir en chatarra y que Petro rebautizó como SITP provisional. Es irrespirable porque sucesivas administraciones han aplazado la construcción las vías que sacarían de la ciudad a los transportadores que vienen del sur del país y van hacia el oriente y hacia la costa caribe. Es irrespirable porque por años, la tan mentada revisión tecno-mecánica es una de las prácticas más corruptas de la ciudad, el certificado se compra.

Resulta que al final de la semana pasada se puso más irrespirable que de costumbre. Alerta ambiental.  La solución prohibir la circulación de los vehículos particulares al imponer el pico y placa de todo el día.  Llovió, el aire mejoró y, oh sorpresa, dejaron el pico y placa de todo el día, disque porque van a evaluar. Ridículo. Las medidas de emergencia se toman para superar la emergencia y superada la emergencia se quitan, no se evalúan a ver si se dejan permanentes que es lo que parece estar sucediendo con el alcalde Peñalosa, el rey de la alcaldada.

La verdad es que el espacio público bogotano está invadido por comercios de todas clases sin regulación alguna, la gente estaciona donde le viene en gana. La verdad es que el aire de Bogotá es irrespirable desde hace años.

La triste verdad es que el problema del espacio público y el problema del aire que respiramos los bogotanos han sufrido el mismo tratamiento que aplicó el señor que llegó a su casa y encontró a su esposa revolcándose en el sofá con el vecino y decidió solucionar el problema vendiendo el sofá.

Llevamos 20 años de desgobierno en esta ciudad. De alcaldada en alcaldada se ha ido deteriorando nuestra ciudad. Y por estos días nuestras queridas autoridades nos regalaron dos perlas adicionales, la multa de la empanada y el pico y placa de todo el día.

A ver si este año los bogotanos somos capaces de elegir un alcalde para que gobierne y no para que alacaldee (verbo inventado, algo madurista, que significa gobernar a punta de alcaldadas).

imagen cortesía facebook

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