Juan Manuel UrrutiaPor cosas de la vida he tenido la suerte de conocer de cerca cuatro presidentes de Colombia. A todos los traté de civiles, antes y/o después de su presidencia y siendo Presidentes.

Pude comprobar con todos la sensación que produce la investidura presidencial.

Cuando uno se encuentra con el amigo que a su vez es el presidente, en su despacho, o en un acto oficial, el tipo es el presidente.

Y uno le dice presidente y lo trata como presidente. Por cercano que sea.
Cuando uno está con él en su casa o en la casa de amigos comunes hay un momento en que puede regresar la familiaridad y el tratarse como los amigos, con nombre de pila y gestos de confianza.

Pero la investidura presidencial existe y es un hecho.

Los presidentes de Colombia pueden haber sido buenos, regulares, malos, pillos como el elefante, ausentes como Barco, pero sus actuaciones públicas han respetado fundamentalmente la “investidura”.

Tal vez el episodio más bochornoso es el “le rompo la cara marica”.

En Colombia hay muchos presidentes pero no todos tienen investidura presidencial.

Desde hace años que los colombianos no le dan ningún respeto al presidente del Senado o de la Cámara, esos perdieron el respeto a sus investiduras a punta de ausentismo, turismo y favoritismo.

Luego están los presidentes de las Cortes. Yo considero que hay tres cortes, el Consejo Superior de la Judicatura es una pinche oficina administrativa con aires de grandeza.

Pienso que los presidentes de las tres Cortes (Consejo de Estado, Corte Constitucional y Corte Suprema de Justicia) deberían merecer el respeto por lo que significa su investidura.

Claro que serviría que los presidentes respetaran su propia investidura.

Lamentablemente los dos últimos presidentes de la Corte Suprema de Justicia han mostrado que lo único que a ellos les interesa es el aprovechamiento de la investidura y el abuso de poder.

El año pasado, la presidenta de la Corte Ruth Marina Díaz resolvió otorgarse un permiso remunerado para irse a hacer un crucero. No sé cuántas leyes violó o si tan siquiera violó ley alguna, pero se pasó por la faja el respeto a su investidura.

Peor el caso del actual presidente de la Corte Suprema, Luis Gabriel Miranda quien mondo y lirondo aceptó que autorizó a su hijo para que utilizara un carro oficial, violando todas las normas de seguridad y cometiendo el delito de peculado porque él en su extrema sapiencia no consideró que estuviera violando norma alguna.

No entro a calificar la conducta sexual del hijo de papi ni la estupidez de estacionarse a echarse su polvorete enfrente a un CAI. Hay gente a la que le gusta el peligro, la excita el peligro.

¿Quién sabe cuántas veces en hijo de papi utilizó la camioneta blindada?

Y a juzgar por lo que dice la policía ¿quién sabe cuántos polvos se echó el pelao entre la camioneta blindada antes de la noche en que lo pichonearon?

No creo que el niño era virgen ni que la camioneta blindada lo fuera.

Me explico, la descarada naturalidad con la que el deshonorable magistrado explica que él no considera que haya conducta incorrecta al prestarle el carro oficial a su hijo me hace pensar que el día del incidente ni era el primer polvo que se echaba el pelao ni era el primer polvo que le echaba la familia Miranda al erario público.

Esa conducta es un oprobio a la investidura de magistrado y a la de presidente de la Corte Suprema.

Razón suficiente para que el descarado magistrado renuncie.

Que investigaciones exhaustivas ni que ocho cuartos, pa fuera pa la calle.

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