En los últimos días he asistido con el corazón arrugado a un triste espectáculo de polarización entre mis amigos respecto de las elecciones presidenciales.JMU El Molino

Con razón decía mi padre que en la mesa es mejor no hablar de política ni de religión.

La política despierta las pasiones y más las despierta cuando las campañas y los medios ponen inmensos recursos al servicio de mezquinos intereses en lugar de utilizarlos para la promoción de las ideas y de los programas de los candidatos.

Los medios colombianos han hecho de lo sucio de la confrontación entre los dos candidatos que pelean la segunda vuelta una feria del amarillismo en busca del ratting.

Las dos campañas han incurrido en bajezas, acusaciones infundadas, y otras porquerías que lo único que han logrado es despertar las peores pasiones. Los amigos se vuelven enemigos.

Cualquier persona se siente con derecho a acusar a otro, en el mismo estilo que los quintacolumnistas de las dos campañas acusan, hieren, calumnian.

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El patíbulo en que los comentaristas de izquierda colocaron a su amigo y colega William Ospina porque se atrevió a defender su voto por un candidato es sintomático de lo que nos pasó.

Tengo escrita una columna en la que anunciaba mi voto. No la publicaré porque no quiero echarle leña a la hoguera de una confrontación innecesaria.

Espero que el 16 de Junio, gane el que gane, los dos candidatos y sus asesores entiendan que si la elección del 15 era sobre la paz, la primera reconciliación que requiere una Colombia en paz es la de los dos candidatos.

Estoy convencido que Juan Manuel Santos y que Oscar Iván Zuluaga son mucho mejores que lo que nos han mostrado en esta sucia y agresiva campaña.

Sea cual sea el resultado de los procesos de paz, la verdadera paz de Colombia no llegará si los que la deben construir desde el Gobierno, desde el Congreso y desde la sociedad no son capaces de hacer las paces entre ellos.

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