Cortesía Katu

El premio Nobel de Paz, y el de Literatura, son los más prestigiosos o por lo menos los que más carisma tienen.  Colombia tiene la fortuna de ostentar los dos con el Gabo y Juan Manuel Santos.

Un artículo del NYT de esta semana titulado “Una lista creciente se escogencias cuestionables” arroja un manto de duda sobre las escogencias en seis casos en las últimas tres décadas por parte del comité noruego que otorga el Nobel de Paz.

Empiezo por decir que el artículo me parece superficial y poco sustentado.

Se mencionan seis casos en los que la escogencia resultó errada:

En una categoría están los conflictos a cuya solución los galardonados habrían hecho aportes significativos y que no se han resuelto como en el caso del conflicto entre Israel y Palestina (Arafat Rabin), el de Etiopía que está al borde de una guerra civil (Aby Ahmed), o el de Colombia en donde el fortalecimiento de las “disidencias” de las FARC y de otros múltiples grupos alzados en armas no permiten hablar de solución sino  más bien de recrudecimiento (Juan Manuel Santos).

Juan Manuel Urrutia

En otra categoría están los en los que las razones por las que el comité del Nobel de Paz los había escogido resultaron basadas en falsas expectativas.  Ese es el caso de Barak Obama, que hizo mucha cosa buena pero cuya contribución a la paz fue insignificante o inexistente.  Lo mismo sucede con Kim Dae-jung cuyos esfuerzos por resolver el conflicto con Corea del Norte resultaron infructuosos.  

Y el peor de todos a mi parecer es el caso de Aun San Suu Kyi quien por años posó de defensora de los derechos humano para terminar negando y permitiendo la persecución y el genocidio de la minoría musulmana Rohingya en Myanmar.  Esta señora si engaño a tirios y troyanos y obviamente al comité del Nobel de Paz.

Los enemigos del proceso de paz en Colombia muy seguramente enmarcarán el artículo del NYT.  Baste con ver la referencia tergiversada y de mala leche que hace al artículo María Isabel Rueda en El Tiempo este domingo, insinuando que:

O será que Santos está acallando las preocupaciones de The New York Times acerca de los premios Nobel, que supuestamente seis de los premiados vivos deberían devolver,”

He leído el artículo varias veces y no encuentro el “supuestamente seis de los premiados deberían devolver”.   Nadie ha planteado el que los galardonados del premio nobel de paz cuya selección es hoy en día cuestionada (second guesssed) deban devolverlo.  La frase más dura del artículo plantea que el reconocimiento ha sido en estas ocasiones visto como inmerecido o en algunos casos absurdo.  

Yo recuerdo que me emocionó en los años noventa el anuncio que a Aunn San Suu Kyi le habían otorgado el premio.  Me chocó ver su defensa de Myanmar justificando el genocidio de los Rohingyas ante la Corte Penal Internacional.    

Lo mismo me ha sucedido con Abyi Ahmed.  Entre 2003 y 2010, estuve en Etiopía unas seis veces pues ese era uno de los programas de prevención de malaria que supervisaba.  Un país en donde siempre me sentí a gusto como dicen lo mexicanos.  Su gente sencilla, emprendedora.  Mis interacciones eran en buena parte con jóvenes etíopes cansados de los excesos del régimen.  La llegada de Abyi Ahmed al poder fue vista por muchos de ellos como el final de los “27 años de oscuridad” que es como describen Abyi y sus seguidores al régimen que sustituyó en 2018.

EL comité noruego creyó en las promesas de Abyi y en su discurso “pacificador”, a lo que se sumó el fin de años de “guerra” con Eritrea con quien Abyi logró firmar la paz y en 2019 le dieron el premio.  

Etiopía se encuentra al borde de una nueva guerra civil.  Eso claro que pone en duda la selección de tan sólo hace un año.

En los dos casos anteriores uno puede argüir que las acciones específicas de los erróneamente galardonados son las que ponen en tela de juicio su selección.

En el caso de Barak Obama, la pregunta se la hizo él mismo, nunca se supo por qué le estaban dando el premio Nobel de Paz a un presidente que llevaba menos de un año en funciones.  La única explicación medio aceptable es que se lo dieron con la esperanza que resolviera los conflictos en Irak y Afganistán, lo que definitivamente no sucedió.  Ese premio nobel se lo dieron a un discurso.

Obama no hizo nada para desmerecer el premio, tampoco había hecho nada para merecerlo.

Nos quedan Santos, el trío Rabin-Peres-Arafat y Kim Dae-jung.  En estos tres casos las circunstancias posteriores a la selección han sido las que hacen dudar de esa selección.  Nadie puede negar que en los tres casos los galardonados hicieron sus mejores esfuerzos para lograr acuerdos que permitieran la paz para sus países.  Las circunstancias que se desarrollaron luego, más que las condiciones de los acuerdos fueron las que han llevado a que ni en el caso de Israel y Palestina, ni en las Coreas, ni en Colombia se haya consolidado la paz. 

Es esta mi crítica más concreta al artículo del NYT pues pone en el mismo canasto casos que no tienen nada en común.  Me parece insensato comparar a Juan Manuel Santos, que se jugó todo su capital político y algo de mermelada, en sacar adelante un proceso de paz en el que creyó con convicción, con por ejemplo Abyi Ahmed quien firmó la paz con Eritrea para tener un aliado en su persecución contra los “Tigrayanes” con quienes la etnia a la que pertenece Abyi, los oromías, tienen uno que otro pendiente histórico.

El caso de Santos se parece más al de Rabin, Peres y Arafat.  En ambos casos sus opositores han hecho hasta lo imposible por “hacer trizas” los acuerdos logrados y de eso no tienen la culpa ni los galardonados ni los miembros del comité noruego.

Sigo pues creyendo en el prestigio del Premio Nobel de Paz, sigo creyendo en el prestigio de los laureados y lamento que por asuntos ideológicos o oportunistas haya casos, como en Colombia, en donde se prefiera la guerra a aceptar la validez de un premio.  

No hay que confundir las almas tibias con las almojábanas, señores del NYT.