MocoaPlus ça change plus c’est la même chose, dicen los franceses.

En la madrugada del 13 de noviembre de 1985, siendo yo Secretario del Consejo de Ministros del Gobierno de Belisario Betancur me tocó salir corriendo de mi casa montarme en un helicóptero y tras pasar por arriba de Villeta y Guaduas ver o mejor no ver a Armero. Luego vino lo que vino. Me quedó una pregunta, si esto se sabía ¿por qué no fuimos capaces, como Estado, o Gobierno o algo, de prevenirlo?

Hacia el mediodía del 25 de enero de 1999, siendo yo Director del ICBF, estaba en una reunión en la dirección general del entonces Seguro Social tratando de solucionar un problema, que aún no se resuelve plenamente, el de la seguridad social de las madres comunitarias. Tembló, duro. Rápidamente el director del Seguro logro averiguar que había “temblado duro en Pereira”. YO salí para mi oficina y en el camino me llamaron a decirme que el Presidente quería que lo acompañara a Pereira, que me esperaban en el aeropuerto en media hora. Sale y vale. Camino a Pereira nos informaron que la ciudad más afectada era Armenia, desviamos la ruta, llegamos al aeropuerto cuya torre de control se estaba cayendo, nos montamos en un helicóptero, con el director de la Red de Solidaridad, el Presidente y el Comandante de la Policía y vimos desde el aire como se caían los edificios de la policía y de la gobernación pues mientras sobrevolábamos hubo una réplica fuerte. Esa noche estando en Armenia, el Presidente me pidió que me quedara, allá estuve una semana viviendo la tragedia y la atención del desastre. Me quedó una pregunta, si esta es una zona sísmica ¿por qué unas edificaciones se cayeron como castillos de naipes y las otras no? ¿se hubiera podido prevenir tanto dolor, tanta miseria?

El 3 de enero de 2011, Everardo Murillo a quien había conocido cuando atendíamos la reconstrucción y la recuperación del Eje Cafetero, me invitó a participar en Colombia Humanitaria, la entidad que con mucho tino el Gobierno de Santos creó para atender a las víctimas de la ola invernal de 2010 y 2011 causada por el fenómeno de la Niña. Éramos un combo grande de gente comprometida. Yo respondía por el desarrollo de programas “sociales” que pretendían acompañar a las personas, a las familias y las comunidades en sus procesos de recuperación individual y comunitaria. El programa se llamó Común Unidad. Además, me tocaron dos temas puntuales, Gramalote y el Sur del Atlántico. En ambos casos, porque a la gente le avisaron, no hubo tantos muertos ni heridos, si muchos, muchísimos afectados.

La destrucción de Gramalote se hubiera podido evitar si cuando la fundaron hace más de cien años, la hubieran construido en otra parte. Si a la gente de Gramalote no le avisan, hubiera sido una tragedia mucho peor. En el sur del Atlántico aprendimos que el agua tiene memoria, que siglos después de haber sido desviadas las aguas del río Magdalena regresaron por sus causes rompieron un dique e inundaron una zona que habían ocupado hasta que los humanos resolvieron que era mejor cultivar esas ciénagas.

El agua tiene memoria era una de las frases que más se decía y se escribía y se esgrimía en Colombia Humanitaria.

El primero de abril de 2017, amanecimos con las terribles crónicas e imágenes de la destrucción de una buena parte de Mocoa, la capital del Putumayo. Esta vez desgraciadamente no me queda la menor duda, esa tragedia se hubiera podido evitar, prevenir. Es más, ¡esa tragedia se hubiera debido prevenir!

En 2011, se articuló la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres. La gestión del riesgo es en esencia la prevención de las tragedias y emergencias que se pueden prevenir, pero en Colombia esa pomposa Unidad es la oficina de atención de desastres que no se previenen. No se puede negar que en materia de atención de las víctimas de esos y otros desastres hemos avanzado. La capacidad de reacción para llegar con las carpas y los auxilios es innegable. Pero eso no es gestión.

Colombia es un país de montañas. En las montañas nacen quebradas que crecen y se vuelven ríos. En Colombia llueve, mucho. Y, cuando llueve las quebradas crecen. A veces a causa de la erosión y de la sedimentación producida por la deforestación, las quebradas. monte arriba se represan, vienen las crecientes súbitas.

Hace ya años que se sabe que no se debe construir en los lechos de las quebradas ni en lo que se llama la ronda del río, porque un día le memoria del agua la llevará de regreso a ese curso y casi siempre con violencia. Pero seguimos construyendo barrios enteros en esas zonas de alto riesgo. Así fue en Mocoa. Y las autoridades ignoraron todas las advertencias, todos los pedidos.   Ni siquiera se les ocurrió, instalar, lo que era muy posible, un sistema de alertas tempranas.

Y vino lo que vino. Una quebrada que se represó monte arriba y que se convirtió en una avalancha de aguas, barro, palos y enormes rocas. Y nos vemos abocados una vez más a las desgarradoras historias, a las impresionantes imágenes.

Y en todas las imágenes aparecen los gobernantes haciendo promesas, ofreciendo ayudas, anunciando inversiones. Al Presidente siempre lo acompaña un señor de chaleco y cachucha, el director de la Unidad de Gestión del Riesgo de Desastres. Y anuncia como han logrado una excelente coordinación para atender a las víctimas, da cifras, esperanza.

¿Y la gestión señor director? ¿Y la prevención, señor director? Como coordinador del Sistema Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres, ¿no está Usted en la obligación de documentar los estudios que anuncian esos desastres y de coordinar las acciones para evitarlos?

Corpoamazonía anunció la tragedia hace nueve meses.

¿Ustedes cuándo se enteraron?

¿Usted, señor Director de la Unidad Nacional de la Gestión del Riesgo de Desastres, como el Presidente, se acaba de enterar?

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