Virtud: la del periodista, a diferencia del redactor publicitario o el de relaciones públicas, descansa en su honestidad con el público: su capacidad de decir las cosas tal como las ve, sin pelos en la lengua, independiente de intereses ocultos que paguen por su pluma.
Cualquier otra cosa consiste en venderse al mejor postor.
No que no deba hacerlo: simplemente la ética exige hacerlo saber al lector.
Sin embargo, informa Rosie Gray de Buzzfeed que algunos periodistas participaron en una campaña de propaganda del gobierno de Malasia publicando sus materiales en The Huffington Post, The San Francisco Examiner, The Washington Times, National Review y RedState.
Sin que los lectores lo supieran, escribieron los puntos de vista del gobierno, el cual controlaba un monedero que abrió generosamente para pagar las amables palabras.
Es algo muy serio tanto para los periodistas como para las publicaciones.
También es otra mancha más en la mancillada reputación de una prensa que nunca deja de jactarse de su virtud.